Compilado de Biografías


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Conrad, Joseph
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(Teodor Józef Konrad Nalecz Korzeniowski, 1857-1924) Novelista británico de origen polaco, n. en Berdichev (Ucrania) y m. en Bishopsbourne (Kent).
No empezó a escribir seriamente hasta pasados los 30 años y ello en un idioma del que tan sólo diez años antes no sabía virtualmente nada. Era hijo de Appolonius Korzeniowski, poeta romántico y traductor de varias obras de Shakespeare, amén de activo luchador por la independencia polaca. La madre, Evelina Bobrowska, aunque más conservadora que su marido, le siguió al ser desterrado por motivos políticos al NE de Rusia (1862), llevando consigo a su hijo. Tres años más tarde volvía a Polonia para morir a no tardar, dejando al niño al cuidado de su hermano Thaddeus Bobrowski, último eslabón familiar del muchacho, una vez muerto también el padre a su regreso del destierro (1869). Educado en los centros de Cracovia y por preceptores particulares, abandonó Polonia en el otoño de 1874 y con ella sus planes de ingreso en la Universidad de Cracovia.

En 1888 se hizo ciudadano británico y en el mismo año utilizó sus conocimientos como patrón de la marina mercante, asumiendo por primera vez el mando absoluto de un barco al hacerse cargo del Otago. En 1890 se enroló en un vapor belga, en el que se dirigió al Congo. Tras una difícil navegación aguas arriba del río Congo regresó de este viaje con la salud quebrantada física y mentalmente.

De marino a novelista. En 1889 había empezado a escribir un relato en torno a cierto comerciante holandés que conociera en Borneo. Enfrentado con la necesidad de ganar dinero, volvió a este trabajo (1894), que terminó y publicó en el título de Almayer's Folly (1895) y la firma de Joseph Conrad. El libro consiguió algún éxito, en vista de lo cual siguió Outcast of the Islands (1896). En 1896 casó con Jessie George, joven sin ninguna propensión literaria y, tal vez por ello, esposa siempre sumisa. En plena luna de miel, fue pergeñando The Nigger of the Narcissus (1897), su mejor novela hasta el momento, que le procuró más amplia difusión entre el público lector. En un volumen de cinco relatos cortos titulado Tales of Unrest (1898), apuntaba hacia la ironía social.

Aunque lograra una mención favorable de la Royal Academy (1899) por sus Tales of Unrest y un premio a compartir con otros tres autores, falto de confianza en sus posibilidades de escritor, se decidió a colaborar con Hueffer en The Inheritors (1900). Con todo, su propio Lord Jim, publicado en el mismo año, era mucho mejor novela. Youth (1902) y Typhoon (1903) presentaban una colección de relatos cortos, entre los que se contaba el famoso «Heart of Darkness» en torno al siniestro «demonio de la jungla», tal como lo intuyera en sus andanzas por el Congo. Romance (1903) fue también fruto de su colaboración con Hueffer. Con Nostromo (1904) abordaba la esfera política al reconstruir la historia de un país sudamericano.

En 1906 apareció la novela Mirror of the Sea, de reminiscencias marineras. Otras publicaciones fueron The Secret Agent (1907), en torno a las actividades clandestinas anarquistas en Europa, A Set of Six (1908), The English Review, con Hueffer, Under Western Eyes (1911), nuevo estudio de las relaciones humanas desde el punto de vista de la moralidad personal y universal, Some Reminiscences (más tarde A Personal Record), Twixt Land and Sea (1912), con el relato «The Secret Sharer», Chance (1912). En 1915 apareció un volumen de relatos, Within the Tides, y una novela, Victory, y en 1917 The Shadow Line, basada en sus experiencias como comandante del Otago. En 1919 publicó The Arrow of Gold y en 1920 The Rescue y una adaptación teatral de su propio The Secret Agent, estrenada en 1922.

Su última experiencia marinera fue un viaje a América (1923). A su regreso a Inglaterra le fue ofrecido el título de caballero, que declinó. Su novela incompleta Suspense (1925), Last Essays (1925) y Tales of Hearsay (1926) se publicaron póstumamente.

El credo del escritor. En el famoso prefacio a The Nigger of the Narcissus el autor definía su credo diciendo que el artista, a diferencia del científico, «apela a nuestra capacidad para el deleite, para la admiración; a nuestra intuición del misterio que rodea la vida; a nuestro sentido de piedad, belleza y dolor; a la latente sensación de hermandad con todo lo creado y la sutil, pero invencible, fe en la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones... que enlaza estrechamente a toda la humanidad: los muertos con los vivos y los vivos con los no nacidos». Si el artista toma en serio su tarea, el arte de escribir se hace abrumadoramente arduo, pues exige del que a él se consagre el sondeo de las más íntimas y profundas regiones de su propia humanidad, no sólo en busca de la idea precisa, sino de la palabra exacta que exprese por sí sola esa idea adecuadamente.

Por ello Conrad se esforzó por conseguir «la forma y sonido de la frase», tratando de encontrar «la mayor plasticidad y color», de modo que «la luz mágica de la sugestión pudiera brillar un instante sobre la superficie vulgar de las palabras: de esas viejas, muy viejas palabras, desgastadas a fuerza de usarse, desfiguradas por siglos de descuidada manipulación». La obra de Conrad se alza como magnífico testimonio de que logró los ambiciosos fines por él mismo señalados.

Extraído de Biografias y Vidas

 
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