(1874-1947) Poeta español, n. en Sevilla y m. en Madrid. Realizó estudios preuniversitarios en la Institución Libre de Enseñanza dirigida por Giner de los Ríos y se doctoró en filosofía y letras por la Universidad de Sevilla. Miembro del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, fue director de la Biblioteca Municipal de Madrid. Perteneció a la redacción del parisino Le Journal como corresponsal literario. Con otros escritores fundó varias revistas literarias: Electra, Renacimiento, Revista Ibérica,Revista Latina. Publicó numerosos libros de poesía: Alma (1902), Caprichos (1905), La fiesta nacional (1906), Museo y Los cantares (1907), El mal poema (1910), Apolo y Cante hondo (1912), Trofeos y Canciones y dedicatorias (1915), Ars moriendi (1921), Phoenix, Sevilla y otros poemas, Poesías (1924) y Arras de oro (1938). Con su hermano Antonio escribió para el teatro dos dramas poéticos (Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel, 1926; Juan de Mañara, 1927) y una comedia en verso (La Lola se va a los puertos, 1930).
Aparece como una de las figuras más representativas del modernismo español. Su lira no es monocorde, como la de su hermano, pero tampoco tan profunda. Mientras éste se dejó ganar por la melancólica serenidad del campo de Castilla, que tal atracción ejerció sobre la «generación del 98», Manuel siguió siendo andaluz, aunque también se asomó a veces al paisaje castellano. Su musa es juguetona y cascabelera, pero también sabe ser grave. Copla, ardiente de pasión, que no se sabe si canta o llora. Orgía de colores que se ahoga en su propia exuberancia cromática. Su gran mérito fue el de hermanar, con aristocrática elegancia, el modernismo rubeniano y el influjo francés con el «eterno popular» andaluz o, si se quiere, sevillano. En la gama plural de su obra -colorismo andaluz, erotismo y sentimentalismo, temas bohemios y arlequinescos, evocaciones del paisaje, recreaciones líricas de temas históricos- triunfan lo andaluz (cantares, soleares, seguidillas) y el aspecto histórico-artístico. Como la evocación cidiana de su poema Castilla («El ciego sol, la sed y la fatiga... / por la terrible estepa castellana / al destierro, con doce de los suyos / -polvo, sudor y hierro-, el Cid cabalga...»). O el soberbio retrato de Felipe IV («Nadie más cortesano ni pulido / que nuestro rey Felipe, que Dios guarde, / siempre de negro hasta los pies vestido...»). Sus últimas obras acusan una honda preocupación religiosa.
Extraído de Biografias y Vidas
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