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Explorando la modernidad

En la historia de la humanidad abundan acontecimientos que de alguna manera han marcado tendencias, que por sus mismas características permiten diferenciarlas y/o compararlas entre sí. Cuando de la idea de modernidad se trata es difícil trazar límites, pues cualquier intento de definición es impreciso, ya que el concepto en sí es bastante complejo, por lo tanto no se debe mirar como una puntualización en la que su alcance semántico involucre conceptos como edad, época, era, periodo, lapso o ciclo; ni tampoco se pretende llegar a una concepción unitaria o universal.

Lo que se procura en este trabajo, es disponer un discurso de tendencia antropológica que permita escrutar en un tejido de posibilidades una mirada elástica y comprensible del término modernidad en contextos histórico-sociales determinados.

Son muchas la situaciones a través de la historia que se pueden leer como modernas, pues en ellas, el ser humano en su interactuar ha sido protagonista de cambios, que crean una dinámica seductora dando como resultado la unión dialéctica del presente con el pasado.

Sin embargo y pese a lo anterior, la geografía e historia de la modernidad han estado delimitadas por Europa, concretamente Europa occidental, y por la magnitud de la expansión de su civilización. Es por ello que considero necesario abordar algunas posiciones que diversos autores han asumido frente a esta problemática.

Marshal Berman (1991) considera la modernidad como un conjunto de experiencias vitales, en el que están involucrados la aventura y el poder, el crecimiento y la transformación; pero siempre bajo la amenaza de que todo se puede destruir, dado su carácter de disgregación y renovación.

Experiencia del tiempo y el espacio, de uno mismo y de los demás, de las posibilidades y los peligros de la vida, experiencia que no propone fronteras y por lo tanto traspasa etnias, clases, nacionalidad, religión e ideologías.

Pero es una unidad paradójica, la unidad de la desunión que nos arroja a todos en una vorágine de lucha y contradicción, de ambiguedad y angustia. Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, “Todo lo sólido se desvanece en el aire” (Ibíd.:1).

Jurgen Habermas (1991) por su parte, analiza el fenómeno de la modernidad como la situación que “expresa una y otra vez la conciencia de una época que se pone en relación con el pasado de la antiguedad para verse a sí misma como el resultado de una transición de lo viejo a lo nuevo” (Ibíd.:17).

Este filósofo alemán intenta encontrar sus orígenes cuando la Ilustración francesa rompió con el romántico encanto que había sobre los tiempos anteriores, al intentar lograr un irrefrenable progreso (social y moral), configurándose así una nueva forma de conciencia moderna.
 
Además considera que a partir del siglo XIX, la idea de modernidad rompe los hilos que la unían a un pasado histórico, creando una oposición entre dicho pasado y el presente; y que surge una alta tendencia a la novedad expresada principalmente en la estética, a través del estilo como elemento que marca la diferencia (Ibíd.:17-18).

Los colombianos Fabio Giraldo y Héctor Fernando López (1991) asimilan el problema de la modernidad como la conciencia de una época que se opone al pasado de la antiguedad y se fundamenta en el futuro; dicho movimiento, como expresión de una época distinta a las demás, es compuesto por un proceso complejo de transformaciones, donde entran en juego elementos heterogéneos, contradictorios y desiguales que conforman, no obstante, una unidad; algo así como la articulación de las múltiples singularidades en un imaginario histórico que otorga el estatus de modernidad. (Ibíd.: 248-249).

Cristian Fernández Cox (1991) propone la modernidad como un escenario en el cual se logra el “desarrollo de una cierta racionalidad normativa y otros desafíos inherentes al logro de un nuevo y mayor grado de capacidad de cuestionamiento crítico y de libertad”, (Ibíd.: 99). Se refiere el autor a una modernidad que se puede asumir como el reto histórico de trasladarse desde un orden recibido hacía un orden producido.

Propone que no existe una modernidad unívoca, es decir auténticamente moderna, ya que ello implicaría una antimodernidad, más bien habla de una modernidad producida, es decir una “modernidad apropiada” (Ibíd.: 103), revisable y que rechaza todo estado de congelamiento.

Según Marina Waisman (1991), La modernidad es una creación cultural con un carácter histórico que varía a lo largo del tiempo y se adapta a las circunstancias de cada período. Señala que en el siglo V se utilizó el término “moderno” para diferenciar el presente cristiano del pasado pagano; posteriormente en la Ilustración, modernidad era recuperación del modelo de la antiguedad clásica; luego aparece el concepto “ciencia moderna”, como conjunto de conocimientos que proponía la idea de “progreso”, lo cual permitía asumirlo como un modelo enfocado al mejoramiento social y moral.

Más tarde, en el siglo XIX, la modernidad es asumida como una oposición absoluta entre lo tradicional y lo moderno, y el término progreso está más vinculado a la técnica y la producción de bienes.

Aquí gana protagonismo todo aquello que se pueda considerar como “nuevo”; incluso llega a ser considerado como valor absoluto: “El valor de lo nuevo, de la juventud, se proclamaba en el Art Nouveau o en el Jugendstil; la despreocupación por cuestiones éticas marcaba el Futurismo, en el que se exaltaba el poder de la máquina misma; los modelos urbanos que clasificaban la vida humana, la sociedad leída como homogéneo conjunto absoluto de la racionalidad, que se materializó en la llamada línea dura del Movimiento Moderno”. (Ibíd.: 95).

Néstor García Canclini (1989) por su parte, propone una idea de modernidad constituida por cuatro movimientos básicos: proyecto emancipador, expansivo, renovador y democratizador “Por proyecto emancipador entendemos la secularización de los campos culturales, la producción autoexpresiva y autorregulada de las prácticas simbólicas, su desenvolvimiento en mercados autónomos. Forman parte de este movimiento emancipador la racionalización de la vida social y el individualismo creciente, sobre todo en las grandes ciudades.

“Denominamos proyecto expansivo a la tendencia de la modernidad que busca extender el conocimiento y la posesión de la naturaleza, la producción, la circulación y el consumo de los bienes. En el capitalismo, la expansión está motivada preferentemente por el incremento de lucro; pero en un sentido más amplio se manifiesta en la promoción de los descubrimientos científicos y el desarrollo industrial.

“El proyecto renovador abarca dos aspectos, con frecuencia complementarios: por una parte, la persecución de un mejoramiento e innovación incesantes propios de una relación con la naturaleza y la sociedad liberada de toda prescripción sagrada sobre cómo debe ser el mundo; por la otra, la necesidad de reformular una y otra vez los signos de distinción que el consumo masificado desgasta.

“Llamamos proyecto democratizador al movimiento de la modernidad que confía en la educación, la difusión del arte y los saberes especializados, para lograr una evolución racional y moral.

Se extiende desde La Ilustración hasta la UNESCO, desde el positivismo hasta los programas educativos o de popularización de la ciencia y la cultura emprendidos por gobiernos liberales, socialistas y agrupaciones alternativas e independientes.” (Ibíd.: 31-32)

Lo rescatable de la cita anterior, es identificar que cada uno de estos proyectos mirados independientemente le da un sentido racional y comprensivo a la estructura de la modernidad, pero cuando éstos se desarrollaron y se cruzaron, entraron en conflicto, pues (según el autor) su proceso de desarrollo fue asimétrico.