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El teatro de la revolución Haitiana

La aplicación radical que se hiciera de los derechos humanos universales en la revolución de la antigua colonia francesa de Saint Domingue significó que los ideales de la Ilustración fueron sometidos a su prueba más desafiante en el lugar más inesperado y señaló las impredecibles posibilidades de interacción global en un mundo moderno.

Usando las ideas de universalismo revolucionario y el impacto de la modernidad como perspectiva, este ensayo examinará la manera como la imaginación literaria haitiana ha llamado estrechamente la atención sobre modelos etnocéntricos de raza, nación y diferencia en las Américas.

A pesar de la visión de James de que estos primeros “caribeños”, que no eran los habitantes originales de la región sino los esclavos rebeldes de Saint Domingue, habían dado con “el meollo de la cuestión” y que la revolución haitiana era un nodo en una historia global interactiva, seguimos viéndola como un momento excepcional en una simple narrativa fundacional heroica de la resistencia anticolonial.

El radicalismo universalista de la revolución haitiana pasó desapercibido para una metrópolis que se había retirado de un proyecto emancipatorio radical y continuado con sus aventuras coloniales en el siglo XIX. “El meollo de la cuestión” asimismo se perdió para el resto de la región que había preferido ignorar la alianza entre la Francia revolucionaria y sus colonias en 1794.

Los sueños del comienzo del apocalipsis o la solidaridad del sufrimiento racial inevitablemente llevaron a que los contornos cosmopolitas, universales, del pasado caribeño se hicieran ideológicamente inaccesibles.

Me atrevería a decir que debido a que cuestionó de forma tal los prejuicios de la época, porque fue un fenómeno inconcebible, la revolución haitiana ha sido conspicuamente relegada a los márgenes de la historia moderna o simplificada en una inspiradora narrativa romántica de la resistencia de los esclavos negros.

Haití fue la segunda nación en liberarse de sus colonizadores europeos, pero los haitianos del siglo XIX perspicazmente sabían que, a diferencia de los Estados Unidos, ellos estaban en el proceso de crear una nueva identidad, que su revolución buscaba una transformación total del orden económico y social establecido a través de la esclavitud en las plantaciones. Cuando estos primeros “caribeños”, para usar la formulación de James, cambiaron sus arados por espadas, no escogieron un modelo retornista, un regreso a las raíces culturales, sino que estos africanos del Nuevo Mundo imaginaron un mundo moldeado por las realidades tanto del comercio atlántico como de la identidad hemisférica.

Acaso ¿el primer líder de Haití, Jean Jacques Dessalines, no se autoproclamó emperador al estilo de su antiguo enemigo Napoleón y también cambió el nombre de la colonia más rica de Francia, Saint Domingue, por el nombre taíno de Haití?

Al declarar el primero de enero de 1804 “he vengado a América”, Dessalines colocaba firmemente al Haití postcolonial en la realidad del Nuevo Mundo que se remontaba a los habitantes precolombinos originales de La Española. Al anticiparse siglo y medio a la idea de Fanon del revolucionario consciente, Dessalines llamó haitianos a los habitantes del nuevo estado y declaró que todos eran negros, incluso el contingente polaco que se reveló contra los franceses y luchó junto a sus tropas.

Sin embargo, si Saint Domingue era una colonia basada en la esclavitud de los negros en las plantaciones, era porque la población indígena ya no existía.

Un lazo irrompible se había establecido con Europa y Occidente que trajo los horrores de la explotación humana así como la herencia del pensamiento radical de la Ilustración. La revolución haitiana se convierte así, principalmente, en la primera y más dramática manifestación de los ideales de los derechos humanos —más allá de raza, nación o género— en el mundo moderno.

La revolución francesa se dio por la justicia social. La revolución en Estados Unidos buscaba acabar con un gobierno colonial. Ninguna de las dos se planteó en serio acabar con la esclavitud.

Aunque tendemos a enfatizar la victoria de 1804 y la derrota del ejercito más poderoso de Europa para la época, no debemos olvidar que en los primeros años de la revolución, antes de que Napoleón llegara al poder en Francia, los esclavos pelearon por la libertad aliados con la autoridad revolucionaria francesa, logrando así derrotar a los colonialistas de Saint Domingue que se resistían a los cambios revolucionarios.

Por un tiempo la cultura de la esclavitud de plantación fue revertida mientras exesclavos y republicanos estuvieron aliados por la misma lucha. No describió Toussaint Louverture en una carta a su aliado, el general Laveaux, en 1795, la derrota de las fuerzas colonialistas y realistas así:

Mi victoria has sido la más rotunda, y si el célebre

Dessources tiene tanta suerte como para regresar a St Marc,

lo hará sin cañón, sin pertrechos, en pocas palabras: sin

tambor ni trompeta. Lo ha perdido todo, hasta el honor, si

es que los viles realistas son capaces de tener algo de este.

El recordará esta lección republicana que le he enseñado

(Louverture, 1999: 41).

Por supuesto, la llegada de Napoleón cambiaría todo esto. Luego de que Toussaint fuese enviado a prisión en 1803, el proyecto de transformar al Saint Domingue colonial y derrotar el poder de la plantocracia se convirtió en una guerra de independencia.

La celebración del Bicentenario se enfoca invariablemente en el último año de la revolución, la declaración de independencia y borra casi por completo la transformación revolucionaria del Saint Domingue colonial anterior al deseo de Napoleón de acabar con la revuelta negra en el Caribe.

La posibilidad de una relación transatlántica postcolonial entre la Francia republicana y una cultura no europea que se estaba formando a finales del siglo XVIII, se perdió en un ajuste de cuentas radical cuando Dessalines se empeñó en dar de lo que recibió. Irónicamente el estado Francés se convertiría a la postre en el garante de los valores universales al servicio de la expansión colonial en el resto del mundo y confinaría a Haití a los márgenes de la historia y a doscientos años de soledad.

No es de sorprendernos, pues, que la presencia simbólica de Haití en la imaginación del Caribe nunca haya sido entendida en los términos de un universalismo radical. Más bien, la región proyecta en Haití imágenes compensatorias de venganza radical, heroísmo sin igual o soberbia equivocada.

Por ejemplo, el martiniqueño Aime Cesaire en su poema Cahier d´un retour au pays natal, escrito casi en la misma época que el libro de James Black Jacobins, reduce el impacto de la revolución haitiana a la figura exiliada y aislada del encarcelamiento de Toussaint Louverture en un Fort de Joux cubierto de nieve en medio de las montañas Jura.