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Nuevas tendencias en los estudios de filología grecolatina

Este artículo expone algunas de las más importantes orientaciones que se siguen hoy en los estudios grecolatinos. Es por ello que hace mención de autores, obras y tendencias destacados, queriendo demostrar con ello la vitalidad que en la actualidad acusan dichos estudios; así como las nuevas perspectivas y originales enfoques que, junto a recientes descubrimientos arqueológicos y los adelantos de la tecnología, auguran un futuro provechoso para el estudio de la antigua lengua y cultura de Grecia y Roma. Palabras clave: antiguedad grecolatina, filología grecolatina.

Las ciencias, lo sabemos, evolucionan según las orientaciones que les marca su propia contextualidad. Ello determina un camino nunca inocente, que serpentea entre accidentes geográficos determinados por innúmeros factores, muchos de ellos surgidos del azar de la historia. Así tendremos que concebir la política, la economía, los hechos sociales o bélicos, incluso ambientales, así como tantos otros factores que van conformando la complejidad del cuadro epistemológico.

Si ello se aplica con seguridad a todas las ciencias, otro tanto habrá que decir en relación a la que se precia de ser la más antigua de todas, la filología griega. Pese a su pretencioso título, este acercamiento no podría aspirar a agotar todas las tendencias que actualmente conforman el complejo panorama de los estudios grecolatinos.

Antes bien, en una especie de itinerario personal, intentaremos señalar aquí algunas orientaciones que nos parecen principales, y que ciertamente inspiran las investigaciones acerca de la Antiguedad grecolatina.

Si es verdad que no existe hermenéutica inocente, la lectura de los clásicos, pues, tampoco estuvo nunca exenta de influencias que obedecían a factores marcados por la contextualidad política e histórica. Las primeras manifestaciones de lo que podríamos llamar una protociencia filológica, que son los primeros intentos de fijar bajo un texto definitivo las rapsodias homéricas, fueron acometidas en el siglo VI a.C., en la Atenas de los Pisitrátidas, y obedecen sin duda a la importancia de estos poemas en tanto que fuente paidéutica.

Estos intentos de intervenir filológicamente los textos homéricos con el fin de manipular su contenido y asegurar una determinada orientación educativa fueron seguidos por otras ciudades griegas, dando origen a innumerables ediciones oficiales katapóleis, es decir, según cada ciudad. Tales ediciones sirvieron, junto con otras personales a cargo de ciertas autoridades, kat* ándra, de fuentes para los posteriores filólogos de Alejandría.

Es innegable empero que, antes de Alejandría, la filología siguió cultivándose en Atenas. No sería justo obviar en este sentido los intentos de sofistas como Gorgias y Protágoras, o de los filósofos socráticos mayores y menores, que hicieron intentos de interpretación textual, siempre procurando ajustarlos al carácter general de sus sistemas de pensamiento.

Posteriormente, la filología desarrollada en Alejandría respondió a la naturaleza cientificista y cosmopolita propia de la ciencia del período helenístico (2). Otro tanto habrá que decir de los importantes esfuerzos adelantados por los Padres de la Iglesia, quienes intentaron conciliar la doctrina cristiana con el pensamiento filosófico griego, lo que ameritó intencionados ejercicios de interpretación y exégesis.

Desde entonces, parece una constante histórica de la filología grecolatina el que sucesivamente cada uno de los poderes que la protegieron e impulsaron lo hayan hecho con el fin de manipular y servirse de sus conocimientos. Así Roma, la Iglesia o el Islam, aún en la Antiguedad y la Edad Media, o la Revolución Francesa en la Edad Moderna.

En un trabajo acerca de las Ideologías de los estudios clásicos (3), Luciano Canfora hace una revisión de la manipulación de los textos de la cultura clásica desde la política jacobina al fascismo italiano y el Tercer Reich. Finalmente, en un pequeño trabajo hemos intentado exponer cómo los textos de la Antiguedad Clásica fueron manipulados por el poder español durante la colonia, y después por el pensamiento de la Emancipación venezolana (4).

La filología grecolatina contemporánea está signada por la influencia del positivismo filológico, que a su vez es inconcebible sin los decisivos aportes procedentes del humanismo alemán del siglo XIX. Esta influencia debe entenderse en una doble vertiente, como continuación, pero también como rechazo.

Así, los actuales enfoques y adelantos no pueden entenderse sin los aportes previos de estudiosos como Hermann Usener (1834-1905), editor de la obra de Epicuro, Enrique Schliemann (1822-1890), arqueólogo de los lugares homéricos, Teodoro Mommsen (1817-1903), historiador romano, Edwin Rohde, autor de una extensa monografía dedicada a la idea del alma y de la inmortalidad entre los griegos (5), la cual abrió camino a las aplicaciones psicológicas y sociológicas de la filología clásica; Ulrico Wilamowitz (1848-1931), autor de una célebre Introducción a la tragedia griega, o Eduardo Norden (1868-1941), autor de una Historia de la literatura latina.

La obra de éstos, animada bien por los postulados linguísticos de Saussure, el comparativismo linguístico de Humboldt o la reacción a los postulados nietszcheanos, sirvió de base a posteriores desarrollos imprescindibles para valorar la filología griega del siglo XX. Así la obra de Werner Jaeger, cuyo título más conocido tal vez sea su Paideia (6), si bien no pueden soslayarse los aportes que hace para una mejor comprensión histórica del pensamiento de Aristóteles (7), de la decadencia griega en la época de Demóstenes (8), o del pensamiento teológico de los filósofos presocráticos (9).

Aunque la Paideia abrió una nueva vía para una lectura pedagógica de la literatura griega, su Aristóteles tiene el mérito de haber destruido el mito ciceroniano de la oposición polémica entre la Academia y el Liceo, y trazar la evolución intelectual del filósofo de Estagira desde sus orígenes en el idealismo platónico al realismo científico propio de la madurez (10).

Posteriormente, las intuiciones pedagógicas de Jaeger encontrarían eco en la obra de H. I. Marrou, quien continuó estas orientaciones en su Historia de la educación en la Antiguedad (11). Sin embargo, aunque sin duda uno de sus exponentes más célebres, Jaeger no es el único representante, ni mucho menos, del llamado “Tercer Humanismo” alemán.

Deben aquí mencionarse también la obra de Juan Von Arnim, editor de los fragmentos completos del estoicismo antiguo (12), que, a pesar de las numerosas críticas recibidas, sigue siendo la fuente principal para los estudios acerca de los del Pórtico. Igualmente, la hermenéutica platónica contemporánea resulta incompleta si no se toman en cuenta los aportes hechos por Hans Kra¤mer, quien en su Platón y los fundamentos de la Metafísica (13) pretende resolver la ya bicentenaria disputa acerca de los llamados ágrapha dógmata.

El proceso de la renovación en la exegética platónica en lengua alemana continúa aún en filósofos más recientes como Karl Popper (1902-1994), autor de una polémica lectura de la República expuesta en la primera parte de su La sociedad abierta y sus enemigos (14), donde la utopía platónica aparece como modelo de totalitarismo.

Otro título más acerca del pensamiento griego se cuenta en la obra popperiana, y es el dedicado El mundo de Parménides (15), colección de ensayos póstumos donde se hace un rastreo de los inicios del pensamiento ilustrado entre los Presocráticos.

No es breve, pues, la lista de pensadores alemanes del siglo XX que han dedicado su atención a la filosofía griega desde una óptica filológica. Hannah Arendt (1906-75) dedicó numerosos pasajes de su obra al estudio de Sócrates en relación con el totalitarismo (16), fijando la atención, recordemos, en un tema que, por razones históricas, había atraído también la de Popper. Del mismo modo, Leo Strauss (1899-1973) escribió una Filosofía política platónica (17), así como varios estudios dedicados al pensamiento político de Aristóteles, Platón y Tucídides (18).

Sin embargo, el más original de sus trabajos consiste en la revisión de la figura de Sócrates a través de las comedias aristofanescas, lo que hace en su Sócrates y Aristófanes (19). Finalmente H.-G. Gadamer (1900), también discípulo de Heidegger, dedicó a los albores de la filosofía griega títulos como El inicio de la filosofía occidental (20), Mito y razón (21) y

El inicio de la sabiduría (22). En ellos fija personal posición acerca del nacimiento de la filosofía como metalenguaje técnico de la descripción del cosmos y de la naturaleza.

Sin embargo no sería justo para con la filología europea el ponderar únicamente los alcances de la hermenéutica alemana. Los albores del pensamiento griego y las relaciones entre mito y lógos ya habían atraído la atención de otros filólogos como F. M. Cornford. El filólogo inglés, en su Principium Sapientiae (23), aborda el tema desde una perspectiva simultáneamente historiográfica, filosófica y literaria.

Es de notar que esta múltiple perspectiva encuentra eco en otros estudiosos ya de nuevo en el continente. Es el caso de la extensa obra de Jean-Pierre Vernant, quien se ha ocupado de las connotaciones que adquiere el pensamiento mítico en los más diversos aspectos de la cultura antigua. Es en este respecto que deben apreciarse títulos como Los orígenes del pensamiento griego (24), Mito y pensamiento en la antigua Grecia (25), Mito y sociedad en la Grecia antigua (26) y el más reciente de Entre mito y política (27).

Una similar orientación ofrecen los trabajos de Giorgio Colli (1917-79), entre cuyos estudios se cuenta uno dedicado a El nacimiento de la filosofía (28) y otro a La sabiduría griega (29). Entre los italianos hay que mencionar igualmente la obra de otros estudiosos como el ya citado Luciano Canfora, Marcelo Gigante [Cinismo y epicureísmo (30)], Giovanni Reale (Introducción a Aristóteles, La sabiduría antigua.

Terapia para los males del hombre contemporáneo, Platón. En busca de la sabiduría secreta, Sócrates. Al descubrimiento de la sabiduría humana 31) o Margherita Isnardi Parente (El estoicismo helenístico, Platón 32), entre otros.

Hay que decir, empero, que el estudio de la historiografía antigua a través de los textos griegos y en función de su valor para la contemporaneidad tiene su más importante exponente en la obra de Moses Finley (1912), cuya extensa bibliografía abarca prácticamente todos los períodos de la historia griega 33. Mención aparte merece el estudio titulado El legado de Grecia.

Una nueva valoración 34, volumen colectivo aparecido bajo su dirección, en la que se detalla disciplina por disciplina la deuda que la civilización moderna mantiene con los antiguos griegos. Importantes en el campo de la historiografía antigua son también los aportes hechos por Arnaldo Momigliano, entre cuyos títulos se cuenta una Historiografía griega 35 y un estudio dedicado al Génesis y desarrollo de la biografía en Grecia 36.

Sin embargo, es la escuela francesa la que puede exhibir una más fecunda tradición en el campo de la comprensión filológica del mundo antiguo con el auxilio de otras ciencias como la antropología, la sociología o la politología. Uno de estos estudios pioneros, el que abrió tal vez los más importantes caminos en la orientación interdisciplinaria, fue el estudio de Louis Gernet, Antropología de la Grecia antigua 37.

A este trabajo habrá que añadir los no menos importantes de Claude Mossé El trabajo en Grecia y Roma 38, Historia de una democracia: Atenas 39 y Las instituciones griegas 40, entre otros; así como los de Pierre Vidal-Naquet, La democracia griega, una nueva visión 41, y en especial el publicado conjuntamente con Michel Austin, titulado Economía y sociedad en la Antigua Grecia 42.

Hay que decir sin embargo que esta orientación sociológica había despuntado ya en otros importantes filólogos, como es el caso del irlandés Benjamin Farrington, cuyos trabajos Mano y cerebro en la Grecia Antigua 43 y Ciencia y política en el mundo antiguo 44 ubicaron los problemas de la producción y el conocimiento en su contextualidad histórica concreta, lejos de las ficciones literarias y las especulaciones filosóficas.

Finalmente, resaltan en este campo los aportes de Frana§ois Hartog, cuyo trabajo titulado El espejo de Herodoto 45 nos acerca al problema de la etnografía y la concepción del bárbaro desde la perspectiva del discurso de la alteridad. Recientemente el autor ha continuado en esta dirección con un estudio más extenso titulado Memoria de Ulises.

Relatos sobre la frontera en la antigua Grecia 46. En el ámbito español, resaltan en este respecto los trabajos de Javier Gómez Espelosín, Tierras Fabulosas de la Antiguedad 47, Relatos de viajes en la literatura griega antigua 48 y uno más reciente sobre El descubrimiento del mundo. Geografía y viajeros en la antigua Grecia 49.

Consideración aparte en el marco de la producción francesa merece la obra de dos filólogas de particular agudeza y originalidad, como lo son Jacqueline de Romilly y Nicole Loraux. De la primera hay que decir que su bibliografía es especialmente copiosa, siempre orientada hacia la valoración de la política en la Antiguedad, especialmente con relación a lo que ella tiene que decir en diálogo con la contemporaneidad.

Es así como deben valorarse títulos tan sugestivos como Problemas de la democracia griega 50, La Grecia antigua contra la violencia 51, La ley en el pensamiento griego 52, Grecia al descubrimiento de la libertad 53, La dulzura en el pensamiento griego 54, Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles 55 o su Alcibíades o los peligros de la ambición 56.

En ellos toca, al hilo de los hechos de la historia política ateniense, problemas fundamentales que atañen la contextualidad más cercana. Otro tanto se dirá de la obra de Loraux, cuyos títulos proponen una revalorización del discurso acerca de la polis desde literaturas aparentemente no políticas. En esta orientación deben valorarse títulos como Nacido de la tierra: mito y política en Atenas 57, Las hijas de Atenea.

Ideas atenienses sobre la ciudadanía y la división de los sexos 58, La invención de Atenas. La historia de la oración fúnebre en la ciudad clásica 59, La voz luctuosa. Ensayo sobre la tragedia griega 60 o Maneras trágicas de matar a una mujer 61. En ellos se advierten claramente dos vertientes de su trabajo: la innovación de la reflexión acerca del fenómeno político y los estudios de género.

Acerca de lo primero, hay que decir que la revisión del pensamiento político griego más allá de la tradición utópica y filosófica ya había sido intentada por el mismo Finley, quien años antes había publicado un par de trabajos al respecto: Democracia antigua y democracia moderna 62 y La invención de la política 63. Con respecto a los estudios de género, un trabajo fundamental había sido publicado en 1983 por Claude Mossé, La mujer en la Grecia clásica 64, completando las apreciaciones de otro trabajo pionero a cargo de Sarah Pomeroy, Diosas, prostitutas, esposas y esclavas.

Mujeres en la Antiguedad Clásica 65. En la actualidad, los estudios de género referentes al mundo antiguo parecen consolidados, avanzando hacia el establecimiento del estatus social de la mujer, así como su aporte a la cultura clásica. Tal es el ejemplo de trabajos más recientes como el de Régine Pietra, Las mujeres filósofas de la antiguedad greco-romana 66.
En el contexto español resaltan al respecto los trabajos de Inés Calero Secall, Consejeras, confidentes, cómplices: la servidumbre femenina en la literatura griega antigua 67 y Mercedes Madrid, La misoginia en Grecia 68.

Al respecto de esta nueva valoración de la política antigua resaltan aportes y desarrollos producidos incluso fuera del continente europeo. Así, en el contexto norteamericano destaca la obra de Martha Nussbaum, quien ha encontrado en la cultura de la antiguedad grecolatina elementos para una reflexión norteamericana acerca de su propio papel histórico.

En su principal obra, La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia griega 69, precediendo por pocos años el camino trazado por Loraux, propone una lectura política para la tragedia, y una lectura trágica de ciertos textos filosóficos. A este trabajo hay que agregar otros de no menor importancia, en los que destaca la originalidad de las lecturas propuestas.

Así La terapia del deseo. Teoría y práctica en la ética helenística 70, Justicia poética 71, El sueño de la razón. Experiencia erótica y ética sexual en la antigua Grecia y Roma 72 o El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal 73, donde hace una lectura clásica de problemas actuales norteamericanos como la crisis de la educación, la situación de la mujer, la inmigración o la globalización 74.

Pero no creamos que la obra de Nussbaum luce solitaria en el contexto de la filología norteamericana. Antes bien, dentro del creciente interés por la revalorización y actualización de los antiguos que vive la universidad norteamericana destacan estudios de indiscutible solvencia y originalidad, como las de Julia Annas (Introducción a la República de Platón 75, La moralidad de la felicidad 76), George Klosko (La teoría política de Platón 77), Gary Scott (El Sócrates de Platón como educador 78), Kostas Kalimtzis (Aristóteles acerca de la enemistad política y la disensión 79) o Christopher Rocco (Tragedia e ilustración. El pensamiento político ateniense y los dilemas de la modernidad 80).

Otra importante vertiente que apenas comienza a explorarse consiste en el estudio y reivindicación del Helenismo como período de particular riqueza artística e intelectual. En efecto, los años que median entre la desaparición de la polis clásica, el advenimiento de Alejandro y el ascenso de Roma constituyen un espacio en el que se verifican grandes cambios políticos, culturales y sociales que apenas comienzan a ser valorados.

Si bien no existe aún una obra que prosiga las directrices señaladas por la obra pionera de Tarn y Griffith 81, y recogidas parcialmente por Margaret Aalders (Pensamiento político en la época helenística 82) y Luciano Canfora (El Helenismo 83), la cantidad de artículos sueltos y de reuniones académicas acerca del tema nos habla de una revalorización del período helenístico y su lectura como una época de procesos cruciales sin los que no puede entenderse cabalmente el papel de Roma 84.

Por otro lado, se impone también una revalorización del Islam en el proceso de conservación y transmisión de la cultura grecolatina. En este respecto, y en lo concerniente a la labor desplegada en Al-Andalus, no han sido pocos los estudios aparecidos en la Península, entre los que cabe destacar el de Juan Vernet Lo que Europa debe al Islam de España 85.

Sin embargo, ya la atención de los filólogos europeos ha comenzado a fijarse en el problema, que ofrece un amplísimo campo de estudio. Obras recientes en este respecto son los trabajos de Walter Burkert De Homero a los Magos. La tradición oriental en la cultura griega 86, y Dimitri Gutas, Pensamiento griego, cultura árabe 87.

Con respecto a los estudios propiamente de filología latina, se nota también un esfuerzo por renovar y actualizar sus orientaciones, haciendo especial énfasis en rescatar aquello que de original y propio tiene la cultura romana, y esforzándose por superar el odioso prejuicio por el que el pensamiento y la literatura producida en Roma era considerada como pobre remedo de las letras griegas.

Merece en este respecto ponderarse la obra de Canfora, A. M. Guillemin, Paul Veyne y, sobre todo, Pierre Grimal, cuya vasta bibliografía abarca prácticamente todos los aspectos de la filosofía y la literatura romanas. Finalmente, es necesario detenerse un poco en la filología clásica producida en el ámbito español e hispanoamericano. Contrariamente a lo que podría esperarse, la tradición filológica hispánica es una de las más antiguas y fecundas de Europa 88.

Ya se ha hablado de la importante labor realizada por los traductores de Al-Andalus, pero también habrá que recordar la labor de la Escuela de Toledo. Más tarde, el humanismo cristiano se nutrió de los estudios de figuras como Isidoro de Sevilla, para después potenciarse durante el Renacimiento y el Siglo de Oro.

No es este lugar para hacer el largo recuento de la historia de la filología clásica en España. Sin embargo, a la hora de ponderar el impresionante despegue que han realizado los estudios grecolatinos en la Península durante el siglo XX es bueno recordar que detrás de ello subyace una tradición milenaria.

Nombres como los de Menéndez Pelayo, José Alsina, Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Agustín García Calvo, J. M. Pabón, José Lasso de la Vega, Eduardo Valentí Fiol, Mariano Bassols, Carlos García Gual o Carles Miralles, no sólo han rubricado importantes estudios, sino también las traducciones por las que el público lector de habla hispana accede actualmente a los autores griegos y latinos.

Mención aparte merece la extensísima obra de Francisco Rodríguez Adrados (1922). Linguista, historiador, traductor y estudioso de la cultura griega, su obra abarca los más disímiles aspectos de la Antiguedad clásica. Así lo demuestran títulos como Estudios sobre el léxico de las fábulas esópicas (1948), Semiología del teatro (1975), Linguística Indoeuropea (1975), La democracia ateniense (1975), Orígenes de la lírica griega (1976), Fiesta, comedia y tragedia (1983), El cuento erótico griego, latino e indio (1994), Sociedad, amor y poesía en la Grecia antigua (1995), Democracia y literatura en la Atenas clásica (1997), Historia de la democracia. De Solón a nuestros días (1997), Del teatro griego al teatro de hoy (1999). Destacan igualmente sus traducciones de Aristófanes (1975) y de algunas tragedias.

Una de sus obras más recientes, su Historia de la lengua griega (1999), tiene la originalidad de abarcar más de tres mil años, desde las invasiones indoeuropeas al griego bizantino y el griego moderno. Hoy, una nueva generación de discípulos de estos maestros se aprestan a continuar su obra en las distintas Universidades de la Península.

Con respecto a Hispanoamérica, aunque la filología clásica, especialmente latina, se implantó ya desde la fundación de los primeros centros de estudio, y se conservó esa tradición durante la etapa republicana, hay que decir que los estudios clásicos se ven definitivamente enriquecidos con el aporte de numerosos filólogos y estudiosos venidos de Europa, especialmente durante la primera mitad del siglo XX.

Es el caso de Rodolfo Mondolfo en Argentina, José Gaos en México y Juan David García Bacca o Guillermo Thiele en nuestro país, por ejemplo. Mención aparte merece la obra del argentino Angel Cappelletti (1927), filósofo, traductor y divulgador de la cultura grecorromana, quien, a tono con las tendencias actuales de la filología clásica, supo aprovechar el conocimiento antiguo y ponerlo en diálogo con los problemas de la contemporaneidad. Traductor de Cicerón, Lucrecio, Aristóteles y los Estoicos, cuenta entre sus estudios títulos como Introducción a Séneca (1972), Diógenes de Apolonia y la segunda filosofía jónica (1974), Ciencia jónica y pitagórica (1980), Mitología y filosofía. Los Presocráticos (1986), Lucrecio.

La filosofía como liberación (1987) y Las teorías del sueño en la filosofía antigua (1987). La Universidad de Los Andes publicó en 1991 su Estética griega89. Hoy, los filólogos clásicos hispanoamericanos, siguiendo las orientaciones señaladas por Highet 90 y Curtius 91, se abocan mayoritariamente al estudio de la tradición clásica en sus respectivos países, con miras a una mejor comprensión de sus propios procesos históricos y culturales.

Vemos, pues, como después de 2.500 años la filología grecolatina dista mucho de ser una ciencia anquilosada ni decadente. Antes bien, como se ha visto, nuevos enfoques y perspectivas producen estudios cada vez más audaces y originales, a los que se incorporan Universidades cada vez más distantes y ajenas al ámbito europeo, como Tokio o Nueva Zelanda por ejemplo. Así, la filología grecolatina, en tanto que disciplina académica, se ha convertido en un fenómeno global. Al tratar de identificar las matrices que determinan estas características, es posible establecer que

1) la superación de los cánones clásicos referentes a los géneros literarios ha permitido que ciertos textos sean ahora susceptibles de lecturas inéditas y anteriormente inconcebibles (p.e. textos literarios que se leen filosóficamente y viceversa),

2) igualmente la superación de antiguas barreras derivadas de concepciones espacio-temporales cerradas ha facilitado la fluidez y un diálogo fructífero entre épocas y regiones que antes no eran puestos en relación, así como el establecimiento de enlaces novedosos y originales;

3) el establecimiento del principio de interdisciplinariedad ha incluido, además de otras ciencias, también otros objetos de estudio de soporte no solamente textual, facilitandoasí una comprensión más completa de la civilización grecolatina en tanto que hecho cultural complejo, y

4) la evidente utilidad y vigencia del pensamiento y la literatura grecolatina en función de una mejor comprensión de nuestro presente ha renovado el interés por las culturas antiguas, y ha abierto un diálogo fecundo con la contemporaneidad.

Paralelamente, desde un punto de vista externo, el impulso a las excavaciones de sitios arqueológicos, especialmente en el caso de la biblioteca de Herculano en Italia 92, prácticamente asegura la aparición de nuevos textos que complementarán el corpus grecolatino existente.

A todo esto hay que agregar el perfeccionamiento y la aparición de nuevas tecnologías tendentes a facilitar la lectura y la reconstrucción de los papiros. Por todo ello, pues, debe esperarse para los próximos años una eclosión aun mayor de los estudios grecolatinos en todo el mundo.