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Inmigración y literatura: Mascotas y otros animales

Los inmigrantes que llegaron a la Argentina entre 1850 y 1950 criaron animales para compañía, para que los ayudaran en sus tareas y para consumirlos. Hay, asimismo, animales aborrecidos y otros temidos por los inmigrantes. En la literatura, se evocan esas diferentes relaciones con los animales.

Por otra parte, quienes llegaron de lejos han sido identificados, por distintas razones, con varios animales. Este es el tema del presente trabajo, en el que cito fragmentos de obras no literarias y literarias.

Mascotas

En el poema “Cuando mi padre habló de su infancia” (1), José González Carbalho enumera las posesiones que el niño inmigrante tenía en Galicia: un río, un monte, un horizonte, su perro y sus canciones. En América, ya nada tiene de eso, y se lamenta:

Ay, el dueño de valles

y misteriosos bosques

por el que andaba yo

mi perro y mis canciones.

Mis canciones que vuelven

sólo para que llore

Mi perro ya olvidado

de obedecer al nombre.

Yo, que perdí mis cielos,

¡y soy tan pobre!.
El calabrés Serafín protagoniza “Un carro en la esquina”, cuento de Syria Poletti. El tenía una mascota: “El vigilante de la cuadra le regaló un perro, un cachorro tan andariego como él; nacido para vivir en la calle, como él. Y cuando, al acortarse los días, colgó bajo el toldo un farol multicolor, la impresión de seguir viviendo en el viejo pueblo calabrés, se le hizo nítida”.

Internado en el Hospital Italiano, el inmigrante piensa: “El diariero cuidaría del perro. Y los gringos de la verdulería también: eran paisanos. Seguramente, el cachorro dormiría bajo el carro. No se dejaría llevar por la perrera. Era andariego, pero ¡vivaracho! Lo esperaría ahí, junto al carro” (2).

Elena Guimil es la autora de “Mi búho” (3), uno de los seis relatos del Premio La Nación 1999 de Cuento Infantil. En ese relato, la escritora recuerda la oportunidad en que su padre le trajo un pichón de búho.

“Mi padre era un gallego fornido. Trabajaba de la madrugada a la noche y de lunes a sábados. Solamente los domingos se dedicaba a la familia y a la caza, sus dos mayores placeres.

Tenía tres perros de pura raza, diestros cazadores y su escopeta de primera. Cargaba su almuerzo y salía al campo. Era un solitario. Yo no era muy distinta a él. Amaba andar sola por el monte, jugar en silencio y tener secretos sólo para mí.

Podría pasarme horas observando las rápidas zambullidas del martín pescador o escuchando el parloteo de las ardillas y el gorjeo de los pájaros.

El domingo era también mi día preferido. (…) yo me sentaba en un banquito impaciente, mirando fijamente la bolsa cerrada que descansaba olvidada junto a la puerta. Adentro había algo que se movía, algo que era para mí. Mi padre sólo la abriría después de tomar su café caliente. Unicamente él podía hacerlo.

Pero no parecía tener ningún apuro. Me miraba de hito en hito y sonreía detrás de su taza. Creo que disfrutaba con mi impaciencia. El contenido de la bolsa de arpillera era un misterio para mí, aquel que esperaba ansiosa todas las semanas. ¿Qué sería esta vez? ¿Un tero, un lechuzón o un zorrito? La criatura asomó sus gigantescos ojos amarillos y se posó en la mano de mi padre. Emitió una especie de silbido cuando me acerqué”.

En su cuento “El cardenal”, Márgara Averbach escribe: “Yo siempre haba¬a querido un cardenal. En ese entonces, haba¬a muchos en los arboles de la casa de las ta¬as, como flores rojas mas rapidas que las otras. Y el abuelo, -que había nacido en una ciudad de Europa y después se había visto obligado a convertirse en gaucho judío, una conjunción inimaginable para él, supongo- me haba¬a prometido cazar uno para ma¬ ese verano.

Era el mejor de los cazadores, un hombre alto, lento. Se agachaba para tocarme con una gracia infinita que mi torpeza iba a envidiarle para siempre. El me había enseñado a andar a caballo.

Me había subido a ese paraíso de crines y cuero de oveja, me había puesto las riendas en la mano izquierda, me había mirado con confianza y me había dicho Adelante. La promesa, el pájaro, era solamente uno de sus muchos trucos de magia” (4).

Rubén Héctor Rodríguez evoca, en “Extraño chamuyo” (5), el problema que causaron unas aves que criaba:
En el conventiyo del tano Giacumín

se armó la de San Quintín

a causa de extraño y sórdido chamuyo.

Entonces, cada cual aportó lo suyo.
¡Fantasmas! Expuso Graciana

en yunta con Lulú, su hermana.

Para Lola, que volvía de un velorio.

¡Almas del Purgatorio!
¡Ondas hertzianas! juzgó Benita,

mina que las iba de erudita.

¡Espíritus del más allá! batió Evarista

jovata de tendencia espiritista.
No emitan falsas razones,

les aclaré desde los piletones.

Son mis hembras y buchones

Alimentando a sus pichones.
Por culpa de estas quilomberas

volaron las palomas mensajeras.

Me buchonearon con el patrón

y, cabrero, desalojó el jaulón.
El abuelo del actor Pepe Soriano tenía un loro como compañía: “Ladrillo y barro, chapa y madera. (…) En este buen lugar, donde hoy hay una galería vidriada con fuente y enredadera, su abuelo Giuseppe armaba a mano zapatos que jamás pesaban más de 300 gramos –era su regla de oro—mientras mascaba tabaco y hablaba en un calabrés imposible con el loro que lo escoltaba sobre una percha” (6).

Roberto Fontanarrosa presenta en una de sus historietas a un italiano amante de la música. Es don Nino, que lleva en el hombro un loro, al que le ha enseñado a cantar el himno de su tierra (7).

En Los gallegos, una novela inédita, Gloria Pampillo escribe que su abuelo tenía, en su escudo, un toro. Había elegido el mismo nombre para todo lo que compraba: “Celta, como el nombre que mi abuelo le ponía a cada uno de los bienes que acá se iba ganando, desde su barco hasta los toros.

Un toro negro, morrudo, que ahora le dibujo en su escudo de comerciante, como tantos otros dibujaron una espiga en el almacén o en la panadería: La flor de Galicia”.

Un animal era muy querido entre los disfrazados: “Los improvisados –comenta Andrés Carretero- preferían cubrirse con una sábana, lucir algún antifaz o pintarse la cara con corcho quemado. El disfraz más frecuente en todos los corsos fue el de Oso Carolina. También eran comunes los disfraces de Martín Fierro o Juan Moreira, los más valientes aparecían incluso montados a caballo, ganándose el aplauso del público”.

Pero no todos los disfraces estaban permitidos: “Las disposiciones municipales prohibían el uso de disfraces de monja o sacerdote y aquellos trajes que parodiaran uniformes militares en vigencia o que representaran costumbres obscenas” (8).

El disfraz de Oso Carolina que menciona Carretero tiene una historia de pobreza. Escribe Podeti: ” *Según tengo entendido, el oso carolina era un disfraz de oso hecho con bolsas de arpillera, en algunos casos bolsas que habian sido usadas para arroz y por lo tanto conservaban el sello de *carolina 0000′ o el que correspondiera.

Como ya no hay arpillera, ahora podría manguear unas bolsas de polipropileno blanco y disfrazarme de *Oso Núcleo de alimento para aves*.* (Fuente: El lector Javier Unamuno, que no cita fuente alguna ni nada. Probabilidades de exactitud: 85 %, porque es casi una efeméride - o como sea el singular de *efemérides* - y a pesar de que parece inventado y de que empezó su alocución con *Según tengo entendido*, frase hecha turbia como pocas)” (9).

Notas

González Carbalho, José: “Cuando mi padre habló de su infancia”, en Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletín Galego de Literatura.
Poletti, Syria: “Un carro en la esquina”, en Poletti, Syria: Taller de imaginería. Buenos Aires, Losada, 1977.
Guimil, Elena: “Mi búho”, en El desafío. Buenos Aires, Sudamericana, 2000.
Averbach, Margara: “El cardenal”, en Aqua¬ donde estoy parada. Ca²rdoba, Alcia²n, 2002.
Rodríguez, Rubén Héctor: “Extraño chamuyo”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 13 de diciembre de 1998.
Artusa Marina: “El Nono”, en Clarín Viva, 26 de octubre de 2003.
Fontanarrosa, Roberto: “Inodoro Pereyra *El renegáu* “, en Clarín Viva, 24 de febrero de 2002.
Carretero, Andrés: Vida cotidiana en Buenos Aires. Planeta.
Podeti: “¡MIRA VOS! Dato 69: El Oso Carolina”, en Weblog Clarín.
Animales que trabajan

Juan José Hernández evoca, en su cuento “El inocente”, a unos perros guardianes. “Poco tiempo después Julia y yo lo descubrimos muerto en la quinta del alemán. Ocultamos nuestro hallazgo.

Nos habían prohibido subir a la pared del fondo que daba a la quinta, pero a menudo desafiábamos el peligro para robar naranjas. Nunca saltábamos la tapia; hacerlo hubiera sido correr la misma suerte del gato.

Provistos de un palo de escoba en cuyo extremo habíamos dispuesto un alambre en forma de gancho, cortábamos de un violento tirón las naranjas de los árboles cercanos.

Abajo, los perros guardianes de la quinta ladraban, echaban espuma por la boca, mostraban los dientes, gemían de furia y de impotencia. El alemán, un ingeniero agrónomo que vivía en el centro de la ciudad, sólo les daba de comer una vez por semana para volverlos más feroces” (1).

Francisco Montes es el autor de Leyendas y Aventuras de Alpujarreños. En “El desafío” relata que, para las fiestas patrias, en Malargue se realizaba una competencia de doma. Un indio puelche desafía a un andaluz de dieciséis años: “no se sabe en qué tris fatal Miguel dio una voltereta en el aire y cayó en pie. Un silencio espeso acogió el final inesperado.

El desafío había terminado. Miguel saludó al domador (cortesía indígena), reunió su caballada y a sus secuaces y desapareció. Dicen que nunca más volvió por aquellos pagos. El domador con carita de extranjero, flaco, velludo y colorado, de ojos azules era el mismo que desde las Alpujarras había llegado con dos años de edad en la búsqueda de insondables destinos.

Y cuentan todavía en los fogones malarguinos el gesto de un huaso chileno que había presenciado el desafío, rico el hombre, que había llegado con una tropilla de alazanes y mulas de alzada cordillerana. Montaba un caballo de leyenda con apero chapeado en plata. Se acercó al jinete y ofreciéndole las riendas de su montado, le dijo: -Tome, joven. Este es mi regalo. El apero nada más valía un Perú” (2).*

En “Los trotadores”, de Elías Carpena, dice uno de los personajes: “-¡Mire, patrón: de los troteadores que ahí, en la Coronel Roca, corrieron el domingo, ni los que corrieron antes, le hacen ninguna mella… : ni siquiera el del vasco Estévez, que ganó sobrándose por el tiro largo, ni el de la cochería Tarulla, que ganó con el oscuro a la paleta! ¡Usted tiene el oro y lo confunde con el cobre!” (3).

En “Nobleza del pago”, Fray Mocho hace referencia a un inmigrante inglés que no era trigo limpio. Recordando la historia de su familia, dice un personaje: “Yo no sé, che, si eran nobles, pero sé que les caían y que con algunos hasta tuvo que ver l*autoridá, como le pasó a tu tío Ramón, que al fin se quedó en la calle, y a tu tía Robustiana, mal casada con un inglés que tenía el finao de mi padre de puestero y que lo pilló cerdiándole las yeguas, a medias con el juez de paz…” (4).

En su poema “La Condra” (5), Fulvio Milano canta:
Así la llamaba el abuelo italiano. No sé

qué significa este nombre. Condra,

la yegua blanca que atábamos al sulky.
¿Qué voy a hacer, Dios mío, con este

nombre raro

a través de la gente, a través del olvido?
La Condra, impredecible de caprichos en

los caminos rurales,

batía al aire los remos nerviosos, disparaba

por fantásticos ríos

tronaba el abuelo, y yo veía palidecer

en tambaleante escorzo el angustioso sueño

de la llanura.
Me ha tocado entrar entre vosotros con

estas imágenes.
¿Qué quieren de mí? La Condra

encabritada entre cielo y la tierra,

blanca erguida en su indómita empresa

¿dibujaba con cruel exactitud

algo más que aún debo encontrar?
En la “Oda a los ganados y las mieses” (6), Leopoldo Lugones evoca al ruso Ela¬as y su yegua cebruna:

Pasa por el camino el ruso Elías

Con su gabán eslavo y con sus botas,

En la yegua cebruna que ha vendido

Al cartero rural de la colonia,

Manso vecino que fielmente guarda

Su sábado y sus raras ceremonias,

Con sencillez sumisa que respetan

Porque es trabajador y a nadie estorba.

“La siesta” (7) se titula uno de los cuentos que Alberto Gerchunoff incluyó en Los gauchos judíos, en el que evoca los animales rurales.

Así comienza: “Sábado, día del santo reposo, día bendecido por los escritos rabínicos y saludado en las oraciones de Yehuda Halevi, el poeta. La colonia duerme en una tibia modorra. Blancas las paredes y amarillos los techos de paja, las casuchas lucen al sol, sol benigno de la primavera campestre.

Del cielo, lavado por la lluvia de la víspera, desciende una paz religiosa, y de la tierra se elevan rumores apacibles. Floridos están los huertos y verdes los campos sin fin. En medio del potrero, el arroyuelo entona su melodía geórgica.

Lenta y grave es la canción que dice el agua cubierta de círculos pequeños; y en el camino, uniformado por una densa colcha de polvo, una víbora muerta semeja un garabato de barro.

En el potrero descansa el ganado. Los bueyes rumian y mueven sus cabezas pensativamente, y en sus cuernos la luz se quiebra en fechas azuladas. También para ellos el sábado es día bendito. Allá, en un ángulo, repica el cencerro de la yegua madrina y el potrillo de manchas claras brinca y se revuelca sobre el pasto”.

Humberto D*Arcángelo -personaje de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato- añora los carnavales de antaño, en los que su padre se lucía con el coche de plaza. El está con Martín “en una antigua cochera que en otro tiempo había sido de alguna casa señorial.

Le señaló al fondo, arrumbado, el cadáver de un coche de plaza: sin faroles, sin gomas, agrietada, la capota podrida y desgarrada. (…) Acarició la rueda de la vieja victoria. –La gran puta –dijo con voz quebrada-, cuando venía el carnaval había que ver este coche al corso de Barraca. Y el viejo con la galerita, al pescante. Te garanto que daba golpe, pibe” (8).

En el Martín Fierro (9), publicado en 1872, aparece un italiano que hace música, y una mona que baila:

Allí un gringo con un órgano

Y una mona que bailaba

Haciéndonos ráír estaba

cuando le tocó el arreo.

¡Tan grande el gringo y tan feo!

¡Lo viera cómo lloraba!”
Stéfano, el protagonista de una de las novelas de María Teresa Andruetto, ve a un organillero y su loro. El protagonista está alojado en el Hotel de Inmigrantes: “Cuando el sol baja, Pino y Stéfano salen a caminar por la ribera, hasta el muelle de los pescadores. Es la hora en que el organito pasa: lo arrastra un viejo de barba y gorra marinera que lleva un loro montado sobre el hombro.

A veces, junto a las barcazas, se detienen a oír el mandolín que suena en una rueda y las canciones que cantan los hombres de mar. Pero no sólo hay italianos en el puerto. Ya el segundo día se habían hecho amigos, ni saben cómo, de unos gallegos que limpian pescado junto a la costa y van por la mañana a verlos, ayudan un poco, y regresan, los tres días siguientes, con algunas monedas” (10).

En Frontera Sur (11), novela de Horacio Vázquez-Rial, el gallego Roque Díaz Ouro va “a los gallos”: “Fueron al reñidero de la calle de Santo Domingo, que así se llamaba todavía Venezuela. Manolo pagó las entradas de los dos.

El propietario del establecimiento, uno de los más grandes de la ciudad, se llamaba José Rivero y su prestigio abarcaba las dos orillas del Plata. No habría podido Roque imaginar el movimiento de aquella casa, y hasta se resistió un tanto a la evidencia.

El, que era incapaz de diferenciar un bataraz, con su plumaje gris sucio, de un giro, con su cogote amarillento, o un colorado de un calcuta, se veía de pronto en un mundo de expertos que debatían a voces acerca de las virtudes de este o el otro animal, valiéndose de una jerga singular y poniendo en ello el furor de los obsesivos.

Y no era escaso el público: en el enorme salón había asientos para varios centenares, repartidos en platea, gradería y palcos, y la pasión común reunía a hombres de muy distintos orígenes sociales en torno de los feroces y patéticos animales, consagrados al espectáculo de la muerte durante generaciones”.

Notas

Hernández, Juan José: “El inocente”, en Hernández, Juan José; Tizón, H., Blaisten, I. y otros: El cuento argentino 1959-1970** antología. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
Montes; Francisco: “El desafío”, en Leyendas y Aventuras de Alpujarreños, en Unisex. Buenos Aires, Bruguera. 163 pp.
Carpena, Elías: “Los trotadores”, en Carpena, Elías: Los trotadores. Buenos Aires, Huemul, 1973. Pág. 155.
Fray Mocho: Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.
Milano, Fulvio: “La Condra”, en El Tiempo, Azul, 12 de noviembre de 2000.
Lugones, Leopoldo: “Oda a los ganados y las mieses”, en Antología poética. Buenos Aires, Espasa, 1965.
Gerchunoff, Alberto: “La siesta”, en R. J. Payró, J.C. Dávalos, R. Mariani y otros:: El cuento argentino 1900-1930 antología. Selecc. prólogo y notas de Eduardo Romano. Buenos Aires, CEAL, 1980. Págs. 49-50. Vol: 60.(Capítulo).
Sábato, Ernesto: Sobre héroes y tumbas. Buenos Aires, Losada, 1966.
Hernández, José: Martín Fierro. Testo originale con traduzione, commenti e note di Giovanni Meo Zilio. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri, 1985.
Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
Vázquez.Rial, Horacio: Frontera Sur. Barcelona. Ediciones B, 1998. 563 pp.
Animales para sustento

Agricultores y pastores eran los Dal Masetto en su tierra lombarda. Lo relata el hijo en un reportaje: “Cuando retozaba por las montañas de Intra, su padre Narciso y su madre María eran campesinos. Cultivaban todo tipo de verduras y frutas: hileras de vid para hacer vino. (…) él era el encargado de sacar a pastar las ovejas y las cabras” (1).

“Generalmente todos decían que eran agricultores –manifestó el profesor Jorge Ochoa de Eguileor-, porque una de las condiciones para poder venir a la Argentina era que fuesen agricultores.

Nunca habían visto la tierra, y los que la habían visto, la habían visto en su pequeña casa del caserío donde tenían su cerdo, y donde tenían su vaca y alguna gallina” (2). Así fue como se vieron obligados a aprender un oficio que les resultaba desconocido, para poder subsistir en la nueva tierra.

Viajando de Rosario a Córdoba, Julio A. Roca conoce a un inmigrante entusiasmado con la ganadería y la agricultura. Escribe Félix Luna: “me impresionó lo que me dijo un inglés, empleado del ferrocarril. Era el encargado de medir las tierras, una legua a cada lado de la vía, que por concesión se le había otorgado en propiedad a la empresa.

En un castellano arrevesado, el gringo me contó que estaban expulsando a los pobladores que vivían en aquellos campos para venderlos en grandes fracciones una vez que la línea hubiera llegado a Córdoba. Sería un negocio enorme –me decía- y se llenaba la boca describiendo las miles de cabezas de ganado que podrían criarse allí y los millones de fanegas de trigo que se cosecharían” (3).

Otro inglés protagoniza el relato que un personaje narra en el cuento “Al rescoldo”, de Ricardo Guiraldes: “-Est* era un inglés –comenzó el relator-, moso grande y juerte, metido ya en más de una peyejería, y que había criao fama de hombre aveso para salir de un apuro.

Iba, en esa ocasión, a comprar una noviyada gorda y mestisona, de una viuda ricacha, y no paraba en descontar los ojos de guey que podía agenciarse en el negosio. Era noche serrada, y el hombre cabilaba sobre los ardiles que emplearía con la viuda pa engordar un capitalito que había amontonao comprando hasienda pa los corrales” (4).

Leopoldo Lugones, en “la *Oda a los ganados y las mieses* (5), evoca el desarrollo de la ganadería, gracias al asesoramiento de un inglés

lo cierto es que en su media lengua trajo

artes y ciencias que el paisano ignora.

El transformó los bárbaros corrales,

las torpes hierras, las feroces domas,

y aseguró en las chacras invernizas

que al pronto parecieron anacrónicas,

forraje fresco a los costosos padres,

que entienden sus maneras y su idioma.

Y el tronco muscular del eucalipto

en que su duro y blanco brazo apoya,

se amorata de fuerza parecida

al levantarse desgreñado de hojas

“Marido de la Pampa” como dijo

Sarmiento, con palabra creadora”.

En ese mismo poema (6), canta al vasco que vende la leche:

¡Oh alegre vasco matinal, que hacía

Con su jamelgo hirsuto y con su boina

La entrada del suburbio adormecido

Bajo la aguda escarcha de la aurora!:

Repicaba en los tarros abollados

Su eclógico pregón de leche gorda,

Y con su rizo de humo iba la pipa

Temprana, bailándole en la boca,

Mezclada a la quejumbre del zorzico

que gemía una ausencia de zampoñas.

Su cuarta liberal tenía llapa,

Y su mano leal y generosa,

Prorrogaba la cuenta de los pobres

Marcando tarjas en sus puertas toscas.
Baldomero Fernández Moreno incluyó en Guía caprichosa de Buenos Aires la página “El vasco lechero en el café”, en la que dice: “he aquí que al hilo del mostrador aparece un vasco lechero, la cara rosada, con dos parches más rojos pegados en las mejillas, la boina encasquetada, la blusa rizada, que no todo ha de ser fortaleza y agresividad; las piernas combadas, las alpargatas silenciosas, y el tarro en la mano como si blandiera un arma o un guijarro listo para ser proyectado en la cara lisa y cosmopolita del *barman*.

Y con el vasco lechero entra también el campo, un aire duro y frío y un trébol. Un trébol precisamente que se labra un espacio verde en el ambiente gris y que yo veo con toda nitidez” (7).

Mario, protagonista de Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, recuerda al español que les vendía leche: “Dejamos en Bahía Blanca varias cuentas impagas, pero la que realmente nos preocupaba era la del lechero, un español bajito y menudo, a quien se le formaban unas arruguitas alrededor de los ojos al sonreír, lo que hacía con frecuencia.

Vestía algo parecido a un chaleco oscuro, sin magas, usaba faja, y un chambergo negro echado ligeramente hacia la nuca.

Teóricamente, le pagábamos mensualmente los cinco litros que nos dejaba cada día pero siempre fue tolerante para el cobro, aceptando los pretextos con que explicábamos nuestra condición de deudores morosos. En los últimos meses no pudimos darle un centavo sin que él suspendiera el suministro de nuestro principal alimento.

Nuestra convicción, reafirmada más de una vez por mamá, era que a ese pequeño español bondadoso debíamos el no haber muerto de hambre, sobre todo nuestra hermanita a quien no le faltaron nunca varias mamaderas diarias para suplir los pechos casi secos de mamá” (8).

En Barrio Gris, Joaquín Gómez Bas presenta a una española que vende leche en Sarandí: “El agua cubre ya la mitad de la calle. La gente comienza a utilizar el puente esquinero para atravesarla. Es un artefacto endeble y cimbreante que se yergue a más de cinco metros sobre el nivel del camino ordinario. Representa una hazaña ascender la escalera de carcomidos peldaños de madera, recorrer su piso de tablas inseguras y bajar por el extremo opuesto aferrándose a la barandilla resquebrajada por el sol y las lluvias.

Doña Micaela sube trabajosamente la escalera del puente acarreando un tarro de leche en cada mano. Trastabilla en los tramos y acompaña el peligroso tambaleo con imprecaciones más sucias que su indumentaria. Es grotesca como una vaca que bailara sobre sus patas traseras” (9)

En Secretos de familia (10), Graciela Cabal evoca al vasco que les vendía la leche: “El que sí viene con carro y caballo es el lechero. Cada vez que el carro se para delante de la ventana, el caballo, que tiene sombrero con claveles y dos agujeros para las orejas, hace pis. Un chorro que suena más fuerte que cuando mi papá va al baño. El lechero tiene pelo colorado, usa boina y nunca hace chistes porque es extranjero.

Mi mamá deja la lechera en la puerta y el lechero, que viene con un tarro grande y un tarro chiquito, pasa la leche de un tarro al otro y después a la lechera, sin derramar una gota. Al rato viene mi mamá y derrama todo, porque a ella siempre le tiemblan las manos, pobre mi mamá”.

Respecto de la inmigración en Tigre, afirma Mabel Trifaro: “En el período que va desde 1870 hasta 1910, que luego se prolongó en menor escala, fueron entrando al país gran cantidad de inmigrantes de diversas procedencias, que llegaron también hasta Las Conchas (Tigre) y se establecieron formando sus familias.

Los inmigrantes se ubicaron en diferentes lugares del país según su procedencia, formando colonias. En el caso del delta, si bien no formaron colonias, se distribuyeron en los ríos con cierta proximidad los que provenían de determinadas regiones de Europa. (…)

Podemos destacar de modo general a los españoles de diferentes regiones en el comercio, los vascos-franceses en los tambos, los italianos en la industria y la mecánica, los turcos (sirio-libaneses) en el comercio itinerante, los japoneses en la floricultura, por lo que se instalaron en las zonas altas de General Pacheco, Benavidez y Escobar y éstos también se destacaron en la industria tintorera” (11).

Godofredo Daireaux es el autor de “Matufia”, cuadro costumbrista en el que menciona el ganado ovino: “Después del confortable almuerzo, se fue don Narciso a siestear, y se sentaron a la sombra de los preciosos aromas que rodeaban la estancia de don Carlos Gutiérrez, hacendado de la vecindad, don Julio Aubert, francés acriollado y mayordomo de una gran estancia vecina y un vasco, ovejero rico de por allá, que llegado a comprar carneros, a la hora de almorzar, había sido convidado por el dueño de casa” (12).

Los Rotstein, llegados de Ucrania, se establecieron en la provincia de La Pampa. Sus descendientes escriben: “En 1913 se voló el techo de la escuela primaria y ésta quedó inutilizada. Los Novick pudieron mandar a sus hijos a estudiar a otro lado pero David tuvo que abandonar.

Para aportar a la familia, se conchabó para cuidar ovejas en una chacra cercana. Una anécdota de su primer día de trabajo: el dueño de la chacra lo dejó a la mañana con las ovejas, galleta y una botella de agua y dijo que lo venia a buscar al anochecer.

David esperó hasta que decidió que no lo venían a buscar y decidió volver caminando a Villa Alba. En ese entonces no había caminos sino huellas. Enseguida se hizo noche cerrada, pero el sentido de orientación que siempre tuvo lo ayudo a llegar.

Esto tomó largo tiempo y, mientras tanto su empleador llegó, en carro o sulky, a buscarlo. Al no encontrarlo, volvió al pueblo. Tampoco estaba en su casa (estaba en tránsito, caminando de vuelta) así que para cuando llegó había una gran alarma esperándolo” (13).

María Brunswig de Bamberg es la autora de Allá en la Patagonia (14), obra en la que reúne las cartas que su madre enviaba a su abuela, que había quedado en la tierra natal. “El 3 de febrero de 1923, después de una travesía de treinta días desde Hamburgo, Ella Hoffman llega con sus tres hijas a Buenos Aires, rumbo a la Patagonia, donde Hermann Brunswig, su marido y padre de las niñas, trabaja como administrador de una estancia y espera ansioso el reencuentro con su familia después de tres años y medio de separación.

Esta es una selección de las cartas intercambiadas hasta 1930 entre Ella y Mutti, su madre, y que fueron recuperadas setenta años después por María Brunswig, la hija mayor. Pero no se trata de una simple recopilación, sino de un juego de tiempos y voces, pleno de agilidad y riqueza, en el que intervienen tres generaciones de mujeres: Mutti, Ella y la propia María. Algunas cartas de Hermann incorporan, por su parte, una visión masculina y un toque de humor.

El diálogo epistolar le otorga a la obra una intensidad inusual, además de una visión europea del sur argentino en los años veinte. Ella habla a su madre del mundo nuevo que está descubriendo y se revela como una gran luchadora.

Educada para ir a la Opera, aprender francés y tocar el piano, ahora lava ropa en el arroyo, friega, zurce, remienda, come huevos de avestruz e incluso carnea zapones. En síntesis, una sensible crónica familiar que abre distintos horizontes sobre una región inhóspita y al mismo tiempo generosa” (14).

“Hermann Brunswig, el esposo que aguardaba, había llegado a la Argentina en 1919 para emplearse como ovejero en la cordillera santacruceña y cuando fue nombrado administrador de la estancia Lago Guío, propiedad de Mauricio Braun, Rudolf Stubenrauch y Lucas Bridges, decidió que era el momento de hacer viajar a su joven familia” (15).

Por evadir el reclutamiento vinieron los tres hermanos asturianos Fernández Montes, enviados por su madre, quien quedó en España con sus otros hijos. Nicanor Fernández Montes, nacido en Loredo, “llegó a Buenos Aires en el Capolonio, un barco ya casi legendario, que también fue tema de un tango”.

Su hija, Angela, cuenta que viajó en barco a la Patagonia, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: “en una travesía marcada por olas de veinte metros… (…) Su primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia.

En la Patagonia no había nada de lo que él sabía hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes de una sociedad pionera. (…) Una vez, llegó a estar catorce meses solo en un puesto… catorce meses…. Desayunaba, comía, merendaba y cenaba cordero… no había otra cosa; lo notable es que le gustaba” (16).

En Tierra del Fuego vivían los personajes de Fuegia, novela de Eduardo Belgrano Rawson. Ellos importaron padrillos, pastores y perros: “Cuando les resultó evidente que habían echado mano a los mejores campos del mundo, los criadores de toda la isla resolvieron cruzar sus mediocres ovejas con padrillos europeos.

Para entonces ya nadie soñaba con transformar a los lugareños en sus pastores perfectos. En realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para el puesto: corrían treinta kilómetros de un tirón, podían dormir al sereno en invierno y resistían sin probar bocado como el más bruto de los galeses.

Pero nada aborrecían más en el mundo que el trabajo de ovejeros, de modo que los criadores olvidaron por fin el asunto y junto con los padrillos importaron pastores de Escocia, quienes trajeron hasta los perros” (17).

También a las Islas Malvinas llegaron pioneros escoceses que criaron ovejas: “En 1842 llegaron dieciocho pobladores, en 1849 treinta y en 1859 otros treinta y cinco, con sus respectivas familias. El último contingente llegó en 1867. Poco a poco colonizaron todas las islas.

Estos escoceses trasladaron a las Malvinas sus costumbres, entre otras la de criar ovejas, no vacunos. Sus descendientes forman la gran mayoría de la población malvinense nativa, de la población estable actual, porque las Malvinas tienen también una población inestable, de origen no escocés sino inglés: son los funcionarios y los militares” (18).

El abuelo calabrés de Griselda García no quería que las nietas vieran cuando mataba un conejo (19):

mi abuelo que para todas las actividades cotidianas

produce un sonido distinto con la boca;

que en los sesenta era sastre en Aerolíneas

y hacía los trajes de azafatas y pilotos,

mi abuelo, que cuando mataba algún conejo nos decía:

vayan con tu hermana a dar una vuelta

Manuel Corral Vide llamó Morriña a su restorán, nombre que nos habla sin duda del sentimiento que aúna a chef y comensales: “A través de Morriña (palabra entrañable para nosotros) el nombre de Galicia llega a miles de personas que, sin ser gallegas, se interiorizaron de las características de nuestra cocina, lo peculiar de nuestras tradiciones y nuestra milenaria cultura.

En cuanto a los paisanos, me consta que se enorgullecen de tanta difusión” (20). El publica sus recetas en Galicia en el mundo; en una de las entregas de “Cocina gallega”, leemos: “En Buenos Aires, siempre que se podía en casa, nos agasajábamos con una buena paella en la que difícilmente faltaba el conejo (mi abuela los criaba en nuestros primeros años en la Argentina)” (21).

Décadas más tarde, el chef incluye el conejo en su menú celta, que consta también de una “Cabeza de Jabalí sobre tostadas” y “Paleta a la armoricana con habas verdes”, entre otros platos (22).

La venta de carne fue el medio por el cual subsistieron muchos inmigrantes, en diferentes situaciones. “En España vivíamos en San Gervasio, a pocos kilómetros de Barcelona –cuenta Remey Nuez Fontanals-. Y yo recuerdo que cuando empezó la guerra, mi papá nos fue a buscar al colegio en bicicleta y ya estaban todos los guardias civiles muertos… yo tenía nueve años.

Mi padre falleció en esos días, de apendicitis. Así que mamá se quedó sola con los cuatro hijos. Yo, la mayor y mi hermana menor con nueve meses. Me acuerdo de que para poder vivir, mi mamá hacía estraperlo, contrabando de comida.

Iba a los pueblos, compraba comida y la traía en el cuerpo, puesta. (…) en un viaje, en el que traía arroz en unos tubos escondidos en unos corsets, los guardias se dieron cuenta, y entonces mi madre se tajeó todo el corset, porque si la comida no era para nosotros, no se la iba a quedar nadie…

Con mi hermana aprendimos y hacíamos estraperlo de carne, en las valijas del colegio… esa carne se vendía y podíamos subsistir” (23).

En Aller simple: Tres Historias del Río de la Plata, coproducción francoargentina de 1994 codirigida por los franceses Noel Burch y Nadine Fischer y el uruguayo Nelson Scartaccini –a quien pertenece la idea original-, “la cámara se detiene y quedan tres rostros, elegidos al azar, que nos enfrentan. Dos hombres y una mujer.

A partir de esas caras, la película se adentra en las ficticias historias familiares de cada una. Presuponen, los realizadores, que uno es francés, el otro italiano y la tercera española. (…) Aller simple presenta, una por una, las historias familiares. La del francés, que se convirtió en un rico integrante de la Sociedad Rural; el italiano, que se fue al Uruguay y le costó levantar cabeza pese a la solidez económica comparativa de ese país respecto del nuestro; y, por último, la española, que se integró a la clase media cuentapropista poniendo una carnicería” (24).

En Quilmes, La Plata y Berisso, “se desarrolló, durante la década de 1920, una importante concentración de armenios gracias a las fuentes de trabajo en los frigoríficos de la zona. En la localidad de Berisso estaba el frigorífico Armour La Plata S.A. que inició sus operaciones en 1915.

Entre dicho año y 1930, el 60% de su población obrera estaba constituida por hombres y mujeres provenientes de Europa y Asia. Los armenios compartieron con los italianos, españoles, rusos y árabes, las pesadas tareas en desfavorables condiciones de trabajo” (25).

La asturiana Carmen Díaz relata que su padre “a veces volvía de Gijón o de Oviedo, y rechazaba los potajes desabridos que comían todos y pedía huevos fritos, lujo que se comía delante de sus hijos hambrientos y zaparrastrosos”. Durante la Guerra Civil, los franquistas “entraban por la fuerza a las casas y se robaban las gallinas y los pocos comestibles que los aldeanos almacenaban con temor apocalíptico en sus despensas” (26).

La pobreza llega a extremos patéticos en la novela Stéfano de María Teresa Andruetto. La madre del protagonista ha encontrado un ave. Años después, el hijo recuerda: “La veo en la cocina: saca agua de la que hierve en un latón, echa el agua sobre la torcaza muerta y la despluma con dedos diestros, luego la chamusca sobre la llama y la desventra. Lava víscera por víscera, desechando sólo la hiel amarga.

Cuando está limpia, la divide en cuatro y dice: Tenemos para cuatro días. Yo no digo nada, sólo miro cómo separa una de las partes y luego oigo que me envía a guardar las tres restantes sobre el techo de la casa, para que el sereno las mantenga frescas. Cuando regreso, está sacando de la bolsa harina de maíz. Mete la mano hasta el fondo y yo escucho el ruido que hace el tazón al raspar la tela. ¿Alcanza?, pregunto. Para esta vez, dice. ¿Y mañana? Dios dirá” (27).

Estos alimentos tan significativos para algunos inmigrantes, son mal vistos por otros italianos. Cuando viaja a Italia, el protagonista de La noche lombarda –novela de Atilio Betti-, ve que los descendientes acaudalados de los campesinos desprecian las comidas típicas de la región: “A mí me apetecían las ranas.

Me apetecían todos los alimentos que nutrieron a mi padre; pero Anna los había proscripto de su mesa. No a la ordinariez de la polenta, no a la selvaggina, los patos silvestres”. En esa obra, Betti evoca los oficios de sus mayores, entre ellos la cría de ganado y la caza de ranas (28).

En Mendoza, los Bianchi se las ingeniaban para procurarse sustento: “Lo que más motivaba la admiración de Valentín hacia su mujer era cuando, durante el crudo invierno, ella se dedicaba a cazar pajaritos con su viejo rifle de municiones. Colocaba maíz mojado en el patio, frente a la puerta de la cocina, y mientras preparaba el almuerzo, las pequeñas avecillas se aglomeraban ansiosas por comer el alimento que asomaba entre la nieve.

Entonces Elsa, de un solo disparo, hacía una buena cacería. Enseguida, con la ayuda de sus pequeños Bibi y Nino, limpiaban las presas obtenidas. Luego doña Teresa se dedicaba a la preparación de una exquisita polenta con pajaritos, que era la delicia de toda la familia” (29). Nino retiraba de los nidos pichones de paloma y gorrión, cazaba cuises y pescaba:
Sobre los cuises o conejos de cerco, escribe, décadas más tarde: “Mi madre o la tía *Neta*, complacientes, solían prepararlos a la cacerola, que nosotros saboreábamos con deleite por el sólo hecho de saber que era producto de nuestras sacrificadas cacerías”. Los puesteros convidaban al niño con carne de quirquincho y preparaban “empanadas de carne de león”, a las que atribuían propiedades curativas (30).

Acerca de Margarita Marc de Soto, hija de franceses afincados en Alberdi, afirma Carolina Muzi: “La cocina fue una constante en su vida y las perdices en escabeche, una de las especialidades más celebradas por familiares y amigos. Pero Margarita no sólo las cocinaba: también las cazaba” (31).

En “La casa endiablada” (32), Holmberg imagina un crimen perpetrado contra un suizo que quería comprar gallinas. El juez relata: “-A principios de 1884, y unos tres meses después de partir usted para Europa, vino de Santa Fe a Buenos Aires un colono suizo llamado Nicolás Leponti, el cual, gracias a su actividad, a su esfuerzo, a su energía y a su inteligencia, había logrado reunir una fortuna que, si bien modesta, le permitía ocupar en su colonia una posición desahogada, y prestar, a sus compatriotas, servicios que le habían valido la estimación general”.

El escritor pone en boca del loro con cuya colaboración se esclarece el asesinato, consideraciones del ave acerca del coraje del europeo: “-Y era guapo el gringo… y duro para morir… ¿se acuerda, amigo?”. Este inmigrante encontró su fin cuando intentó hacer una operación comercial relacionada con su actividad: “El suizo quería comprar gallinas de raza, y sabiendo el 17 que aquella casa estaba sola, se dirigió a ella y allí consumó el crimen”.

Durante mucho tiempo se ignoró qué había sucedido al colono: “La tierra cubrió el cuerpo de Nicolás Leponti, el aguardiente y el monte devoraron en pocos días el producto del crimen, y el misterio envolvió todo durante cinco años”.

En “Permiso, maestro”, Isidoro Blaisten presenta a “La Colorada”, “una polaca llamada Vlasta, es la prima de la pollera” (33).

Mempo Giardinelli escribe, en Santo Oficio de la Memoria, que, en Filetto, los nativos eran pescadores, viñateros, cosechadores de olivas (34).

En El mar que nos trajo, dice Griselda Gambaro que Agostino “Cada atardecer, salvo que el tiempo lo impidiera, salía en barca bajo patrón en jornadas que, según la pesca, concluían al amanecer o al mediodía siguiente. Se trabajaba mucho y se ganaba poco. (…) Ellos estarían condenados al mismo ritmo de trabajo toda la vida: la pesca, la venta a precios viles y el ocio destinado al arreglo de las redes” (35).

Muchos italianos fueron pescadores, en Mar del Plata. Un descendiente se refiere a la vida cotidiana de uno de estos inmigrantes: “A Juan Carlos D*Amico lo llaman Chupete. (…) A Chupete le gusta su profesión, la misma de su padre y de sus dos abuelos italianos. Para ellos, toda la vida giró en torno a la pesca.

*Mi abuelo llegaba a la casa, se lavaba y preparaba el chupín. Mientras se cocinaba, tejía la red. Todos los días un poquito. Terminaba de coser, comía, y se iba a dormir hasta el otro día, que volvía a pescar. Esa era la vida de él” (36).

Canela recuerda las recetas que cocinaba su madre italiana: “En verano, una sopa de harina quemada con pan tostado. Había tortilla de flores de zapallo y criábamos caracoles de jardín en cajas, que después ella purgaba para hacer unos exquisitos guisos. Salíamos al campo en busca de la planta diente de león, que se agregaba sin su flor a la polenta con panceta” (37).

“Luca Filiziu tiene 82 años y es uno de los primeros inmigrantes italianos que a mediados de siglo pasado trajo al país esa costumbre gastronómica que para los nativos resultaba extraña. Ahora ha vuelto a despuntar el vicio: a falta de quinta, cría caracoles en el balcón de su departamento, en el barrio de Constitución.

*En la Argentina tenemos que buscar los platos con nuestro propio estilo*, dice, mientras saca del horno una fuente con brochettes de caracoles envueltos en panceta y otra con lumaches (como se denominan en italiano) en salsa picante” (38).

Durante la guerra, los italianos se veían obligados a consumir animales domésticos: “Hasta ese momento la guerra sólo había sido sucesivas noticias de invasiones, amenazas lejanas –recuerda Agata, el personaje de Dal Masetto.

En realidad, nos dimos cuenta de que la situación se estaba poniendo mala a medida que comenzaron a escasear los alimentos. Cuando nació mi hija Elsa ya faltaba de todo. El pan, el azúcar, la carne, la harina estaban racionados.

Cierta vez que estuve enferma, para obtener unos gramos extra de una carne negra y casi incomible hubo que presentar una receta médica. Pagando muy caro, se conseguían algunos productos en el mercado negro. Había gente que se enriquecía con eso.

Llegó el momento en que cierta gente comenzó a comer perros. Eso me comentaba Mario. Que los gatos fuesen a parar a la cacerola era común. Quedaban pocos. Aquellas familias que todavía poseían uno lo cuidaban para que no se lo robaran” (39).

En Polonia –recuerda Valeria Rodziewicz-, “La comida escaseaba, sólo teníamos arroz y la carne de los caballos muertos esparcidos por las calles. (…) Para poder comer tenía que vender mi sangre para las transfusiones” (40). Era el año 1939.