El hombre, animal religioso
En la Antropología Filosófica y Cultural, así como en general en la Biología y la Filosofía, resulta de singular importancia definir cual es la esencia del hombre, cuales son las fronteras de lo humano, es decir, cual es la característica fundamental que hace que el hombre sea hombre y lo diferencia del resto de las criaturas.
Los recientes avances en las distintas ciencias no dan respuestas claras al respecto: por el contrario, se encuentran en muchos animales manifestaciones de raciocinio, lenguaje, sociabilidad , fabricación de instrumentos, etc., que aunque difieren en grado con lo que se podría llamar verdaderamente humano, no dan lugar a un límite preciso.
En cambio, estudios en algunos Homínidos han demostrado la existencia de un culto a los muertos, en base a la creencia en una vida en el más allá, así como una variedad de rituales míticos y mágicos, que no tienen antecedentes en ninguna otra especie.
Resultaría así que la religiosidad, entendida en sentido amplio como una postura de aceptación o de rechazo ante la trascendencia, sería exclusiva y excluyente del ser humano.
A la hora de definir la esencia del hombre, problema ampliamente debatido y de suma importancia en la Antropología Filosófica y Cultural, surgen de inmediato serias dificultades. La definición griega clásica del hombre como “Animal racional”, donde la racionalidad sería la diferencia específica de lo estrictamente humano, no compartida por el resto de los animales, parece diluírse a la luz de los últimos avances de la Etología y la Psicología Comparada, que encuentran, al menos en forma vestigial, indicios de una cierta capacidad de raciocinio en diversos mamíferos, especialmente notable en algunos Primates y Cetáceos.
Este raciocinio, desde luego, alcanza un desarrollo muy inferior al humano, pero aún así no pasa de ser solamente una diferencia de grado, sin un límite preciso (7; 16). Como oportunamente lo había notado Aristóteles, “Los animales difieren del hombre y éste de aquellos por meras gradaciones de más o de menos” (15).
Tampoco son fructíferos los intentos de la Paleoantropología por dilucidar cuándo un determinado Antropoide es Homínido, pre-Homínido o Simio. Las presuntas delimitaciones por los creacionistas “científicos” son solamente definiciones simplistas propias de quienes fuerzan los resultados objetivos de una investigación hacia una idea preconcebida: entretanto, los antropólogos verdaderamente científicos ponen a veces términos entre simios y hombres, pero haciendo la salvedad de que son arbitrarios, ya que la naturaleza se presenta ante la ciencia mas o menos como un “continuum” evolutivo, al menos en este nivel fenomenológico. Es decir que los restos fósiles, por sí solos, tampoco permiten una delimitación clara y válida (8; 12).
En este trabajo intentaremos demostrar, a la luz de descubrimientos y estudios en diversas ramas de la Antropología, que, sin embargo, la idea de la religiosidad en un sentido muy amplio, o, si se prefiere, la autoconciencia de la trascendencia a la “fisis” aparece como privativa de lo humano, no visible en grado alguno en ninguna otra especie animal, y podría por lo tanto ser un criterio demarcativo eficiente.
Desde mucho antes de Darwin, las Ciencias Biológicas han dejado bien en claro que en el orden estrictamente natural no existe ninguna diferencia importante entre el hombre y los demás animales. Su grado de distanciamiento, en la Taxonomía Zoológica, con los otros Primates, es el mismo que puede haber entre otras dos especies de un mismo género, tal como un león con un tigre, un perro con un lobo o un caballo con un burro, pero no hay ningún criterio objetivo que permita considerar al hombre como una especie distinta en alguna característica importante de los demás seres vivos (16).
Los restos fósiles de Homínidos que se encontraron en las primeras décadas del siglo XX, tales como el Zinjanthropus, el Pitecanthropus y algunos otros, han sido agrupados convencionalmente en el género Homo, aunque no todos en la especie Homo sapiens. Por otro lado están los auténticos Simios, como Oreopithecus o Ramapithecus de diferentes especies. Pero en los extremos más cercanos las diferencias son poco claras (8).
Además, el hallazgo de varias especies del género Australopithecus, algunos muy bien conservados en el caso de Lucy (Australopithecus afarensis), han dejado bien en claro que los mismos son un vínculo intermedio entre el hombre y los otros monos. Según los creacionistas, con una metodología inadecuada y sin aportar ninguna evidencia empírica (13), éstos no serían intermedios sino claramente monos, mientras que los Neandertales serían idénticos al hombre moderno, ya que los estudios sobre ellos se basaron en un esqueleto deformado por artrosis y no por ser primitivo (10). Ambas afirmaciones son totalmente erróneas.
Los Australopitecos están dotados de un cráneo muy parecido al de otros simios, con cresta sagital, maxilar robusto y diastema en los incisivos, pero su cintura pelviana, así como el fémur, tibia y huesos de los pies son más parecidos a los humanos, típicos de una postura bípeda erguida permanentemente. Es decir que sus características son verdaderamente intermedias entre monos y hombres, sin encajar claramente en ninguna de ambas categorías (14).
La afirmación respecto a que el hombre de Neanderthal era idéntico al actual es simplemente ridícula: además del caso citado del artrítico hay restos de unos 200 hombres, mujeres y niños, que, aunque se parecen mucho al hombre actual, guardan diferencias suficientes como para ser ubicados en, por lo menos, una subespecie bien diferenciada (14).
Finalmente, varios trabajos de Genética y Biología Molecular Comparada, estudiando la secuencia de los ácidos nucleicos y algunas proteínas del hombre y de los monos antropomorfos actuales, llegan a la conclusión de que el chimpancé se parece más al hombre que al orangután, el gorila o el gibón, y que su diferencia con el hombre es de apenas un uno por ciento, valor estadísticamente despreciable.
O sea que, desde el punto de vista estrictamente natural, el chimpancé estaría mas relacionado con el hombre que con el resto de los Simios (6).
Queda claro, entonces, que desde el punto de vista estrictamente biológico el hombre es simplemente una especie más de los Primates, sin ninguna particularidad que lo diferencie esencialmente de los otros animales.
